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Habacuc

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Capítulo 1: Habacuc 1

Título

1 1 Oráculo que el profeta Habacuc recibió en una visión.

DIÁLOGO DEL PROFETA CON DIOS

A diferencia de los otros profetas, Habacuc se resiste a admitir que el opresor de su Pueblo sea el instrumento de la ira de Dios para castigarlo. El orgullo de ese opresor supera cualquier otro pecado: "¡Él hace de la fuerza su dios!" (1. 11). ¿Puede el Dios justo y santo confiar la misión de hacer justicia a un pueblo injusto? El profeta se tranquiliza a la espera de la hora del Señor: el orgulloso perderá la vida y el justo se salvará.

Primera queja del profeta: la falta de justicia

2 ¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio
sin que tú escuches,
clamaré hacia ti: "¡Violencia!",
sin que tú salves?

3 ¿Por qué me haces ver la iniquidad
y te quedas mirando la opresión?
No veo más que saqueo y violencia,
hay contiendas y aumenta la discordia.

4 Por eso la Ley no tiene vigencia
y el derecho no aparece jamás:
¡sí, el impío asedia al justo,
por eso sale a luz un derecho falseado!

Primer oráculo: los caldeos, castigo de Dios

5 Miren a las naciones y observen,
asómbrense y queden pasmados,
porque en estos días realizaré una obra
que si se la contaran, no la creerían.

6 Sí, yo voy a suscitar a los caldeos,
ese pueblo salvaje e impetuoso,
que recorre las extensiones de la tierra,
para usurpar moradas ajenas.

7 ¡Es aterrador y temible:
en él solo se funda
su derecho y preeminencia!

8 Sus caballos son más ágiles que leopardos,
más rapaces que lobos nocturnos;
sus jinetes galopan,
sus jinetes vienen de lejos,
vuelan como el águila que se lanza sobre su presa.

9 ¡Todos llegan para la violencia
con el rostro tendido hacia adelante,
y amontonan cautivos como arena!

10 Él se burla de los reyes,
los soberanos son un juguete para él,
juega con las ciudades fortificadas,
levanta un terraplén y las conquista.

11 Entonces, cambia el viento y sigue adelante...
¡Él hace de la fuerza su dios!

Segunda queja del profeta: los agravios del opresor

12 ¿No eres tú, Señor, desde los tiempos antiguos,
mi Dios, mi Santo, que no muere jamás?
Tú, Señor, pusiste a ese pueblo para hacer justicia,
tú, mi Roca, lo estableciste para castigar.

13 Tus ojos son demasiado puros para mirar el mal
y no puedes contemplar la opresión.
¿Por qué, entonces, contemplas a los traidores
y callas cuando el impío devora a uno más justo que él?

14 ¡Tú tratas a los hombres como a los peces del mar,
como a reptiles, que no tienen jefe!
15 ¡Él los pesca a todos con el anzuelo,
los barre y los recoge con sus redes!
Por eso se alegra y se regocija,
16 y ofrece sacrificios e incienso a sus redes,
porque gracias a ellas su porción es abundante
y sus manjares, suculentos.
17 ¿Vaciará sus redes sin cesar,
masacrando a los pueblos sin compasión?

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Fuente: Catholic.net

 

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