LaSantaBiblia.com.ar

Eclesiastés 1

   

01 02 3 4 5 06 07
8 9 10 11 12    

    

Todo es vanidad

1*Palabras del Predicador, hijo de David, rey de Jerusalén.

2*Vanidad de vanidades,

decía el Predicador;

vanidad de vanidades; todo es vanidad.

3¿Qué provecho saca el hombre

de todo el trabajo con que se afana debajo del sol?

 No hay nada nuevo

4Una generación se va y otra generación viene,

mas la tierra es siempre la misma.

5El sol se levanta, el sol se pone,

y camina presuroso hacia su lugar, donde nace (de nuevo).

6El viento se dirige hacia el mediodía, declina luego hacia el norte;

gira y gira sin cesar el viento,

y así retorna girando.

7*Todos los ríos van al mar, y el mar nunca se llena;

al lugar de donde los ríos vienen, allá vuelven para correr de nuevo.

8*Todas las cosas son afanes,

más de cuanto se puede decir.

Los ojos nunca se hartan de ver,

ni los oídos se llenan de oír.

9*Lo que fue,

eso será; lo que se hizo, lo mismo se hará;

nada hay de nuevo bajo el sol.

10Si hay una cosa de que dicen: “Mira, esto es nuevo”,

también ésa existió ya en los tiempos que nos precedieron.

11No queda memoria de las cosas pasadas,

ni recuerdo de las futuras entre los que han de venir.

La vanidad y la sabiduría

12Yo, el Predicador, fui rey sobre Israel, en Jerusalén. 13*Y me puse en el corazón averiguar y escudriñar, por medio de la sabiduría, todo cuanto se hace debajo del cielo. Esta dura tarea ha dado Dios a los hijos de los hombres, para que se ocupen en ella. 14*He visto todo cuanto se hace bajo el sol, y he aquí que todo es vanidad y correr tras el viento.

15Lo torcido no puede enderezarse,

y es imposible contar las cosas que faltan.

16Dije para mí esto: “Mira cómo soy grande; soy más sabio que cuantos antes de mí fueron en Jerusalén; inmensa es la sabiduría y ciencia que mi corazón ha visto.” 17Propuse en mi ánimo conocer la sabiduría, y asimismo la necedad y la insensatez; y aprendí que también esto es correr tras el viento.

18*Pues donde hay mucho saber hay mucha molestia;

quien aumenta la ciencia, aumenta el dolor.



* 1. Hijo de David: Sobre el autor véase la nota introductoria.

* 2. Vanidad de vanidades (hebreo: habel habalim), forma hebrea de superlativo, como Cantar de los Cantares y Dios de los dioses. “Si los ricos y los poderosos meditasen en esta sentencia, dice San Crisóstomo, la escribirían en todas las paredes, en sus vestidos, en las plazas públicas, en su casa y en las puertas, porque todas las cosas tienen muchos aspectos, y hay muchas falsas apariencias que engañan a los que no están alerta. Hemos de inclinarnos, pues, diariamente delante de este verso; es menester que en las comidas y en las reuniones cada uno diga al que tenga al lado: Vanidad de vanidades, y todo es vanidad”. (Ad Eutrop.). “Vanidad y mentira me parece lo que yo no veo va guiado al servicio de Dios”, escribe Santa Teresa (Vida XL, 2) y la misma gran Doctora confiesa: “Somos la misma vanidad” (Moradas, I, 2, 5). Decía el Predicador: El autor refiere lo que dijo Salomón: no dice que éste escribió el libro. Véase 12, 8 y nota.

* 7. Al lugar de donde salen, tornan los ríos para correr de nuevo. El sabio nos muestra la impotencia del hombre frente a las inalterables leyes de' la naturaleza. Véase 7, 1; 8, 17; 11, 5.

* 8. Nunca se hartan: es la ambición insaciable de que habla en Proverbios 30, 15. Véase 12, 12 y nota.

* 9 ss. Las leyes históricas de Vico y de Maquiavelo, y hasta las doctrinas de Nietzsche han señalado ese “perpetuo retorno” de las mismas cosas.

* 13. Dura tarea, llena de trabajo para investigar, y a menudo sin ningún resultado como se ve en 3, 11 y paralelos, lo cual nos sirve para confirmar la vanidad de nuestros ambiciosos proyectos.

* 14. ¡Qué favor nos hace el sabio al revelarnos su experiencia para ahorrarnos igual desengaño! Pero ¿quién es el que escarmienta en cabeza ajena? Correr tras el viento: es una vivida imagen del esfuerzo inútil.

* 18. Penoso es el estudio, y cuando más aumentan los conocimientos, tanto más crecen las decepciones. Claro está que se trata aquí de la sabiduría humana, y no de aquella verdadera, que Dios enseña en las Escrituras, y “con la cual nos llegan a un tiempo todos los bienes e innumerables riquezas por medio de ella” (Sabiduría 7, 11).