🕰 Liturgia de las Horas
TIEMPO ORDINARIO
📖 Oficio de Lectura
VIERNES DE LA SEMANA XII
De la Feria. Salterio IV
viernes 26 de junio de 2026
OFICIO DE LECTURA
INVITATORIO
Si ésta es la primera oración del día:
V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza
Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:
 
Ant. El Señor es bueno, bendecid su nombre.
Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:
 
V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno: QUÉ HERMOSOS SON LOS PIES
¡Qué hermosos son los pies
del que anuncia la paz a sus hermanos!
¡Y qué hermosas las manos
maduras en el surco y en la mies!
Grita lleno de gozo,
pregonero, que traes noticias buenas:
se
rompen las cadenas,
y el sol de Cristo brilla esplendoroso.
Grita sin miedo, grita,
y denuncia a mi pueblo sus pecados;
vivimos engañados,
pues la belleza humana se marchita.
Toda yerba es fugaz,
la flor del
campo pierde sus colores;
levanta sin temores,
pregonero, tu voz dulce y tenaz.
Si dejas los pedazos
de tu alma enamorada en el sendero,
¡qué dulces, mensajero,
qué hermosos, que divinos son tus pasos!
Amén.
SALMODIA
Ant 1. Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me turba la voz del enemigo.
Salmo 54, 2-15. 17-24 I - ORACIÓN ANTE LA TRAICIÓN DE UN AMIGO
Dios mío, escucha mi oración,
no te cierres a mi súplica;
hazme caso y respóndeme,
me agitan mis ansiedades.
Me turba la voz del enemigo,
los gritos del malvado:
descargan sobre mí
calamidades
y me atacan con furia.
Se estremece mi corazón,
me sobrecoge un pavor mortal,
me asalta el temor y el terror,
me cubre el espanto,
y pienso: «¡Quién me diera alas de paloma
para
volar y posarme!
Emigraría lejos,
habitaría en el desierto,
me pondría en seguida a salvo de la tormenta,
del huracán que devora, Señor;
del torrente de sus lenguas.»
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Ant. Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me turba la voz del enemigo.
Ant 2. El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo y adversario.
Salmo 54, 2-15. 17-24 II
Violencia y discordia veo en la ciudad:
día y noche hacen la ronda
sobre las murallas;
en su recinto, crimen e injusticia;
dentro de ella, calamidades;
no se apartan de su plaza
la crueldad y el engaño.
Si
mi enemigo me injuriase,
lo aguantaría;
si mi adversario se alzase contra mí,
me escondería de él;
pero eres tú, mi compañero,
mi amigo y confidente,
a quien me unía una
dulce intimidad:
juntos íbamos entre el bullicio
por la casa de Dios.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Ant. El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo y adversario.
Ant 3. Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará.
Salmo 54, 2-15. 17-24 III
Pero yo invoco a Dios,
y el Señor me salva:
Por la tarde, en la mañana, al mediodía,
me quejo gimiendo.
Dios escucha mi voz:
su paz rescata mi alma
de la guerra que me hacen,
porque son muchos
contra mí.
Dios me escucha, los humilla
el que reina desde siempre,
porque no quieren enmendarse
ni temen a Dios.
Levantan la mano contra su aliado,
violando los pactos;
su boca es más blanda que la
manteca,
pero desean la guerra;
sus palabras son más suaves que el aceite,
pero son puñales.
Encomienda a Dios tus afanes,
que él te sustentará;
no permitirá jamás
que el justo
caiga.
Tú, Dios mío, los harás bajar a ellos
a la fosa profunda.
Los traidores y sanguinarios
no cumplirán ni la mitad de sus años.
Pero yo confío en ti.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Ant. Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará.
V. Hijo mío, haz caso de mi sabiduría.
R. Presta oído a mi inteligencia.
PRIMERA LECTURA
Comienza el libro de Nehemías 1, 1—2, 8
PERMISO DEL REY A NEHEMÍAS PARA IR A JERUSALÉN
Autobiografía de Nehemías, hijo de Jacalías:
El mes de Kisléu del año veinte, me encontraba yo en
la ciudadela de Susa, cuando llegó mi hermano Jananí
con unos hombres de Judá. Les pregunté por los judíos
que se habían librado del destierro y por Jerusalén. Me
respondieron:
«Los que se libraron del destierro están en la provincia,
pasando grandes privaciones y humillaciones. La muralla
de Jerusalén está en ruinas y sus puertas consumidas
por el fuego.»
Al oír estas noticias, lloré e hice duelo durante unos
días, ayunando y orando al Dios del cielo, con estas palabras:
«Señor, Dios del cielo, Dios grande y terrible, fiel a la
alianza y misericordioso con los que te aman y guardan tus preceptos:
ten los ojos abiertos y los oídos atentos a la oración
de tu siervo, la oración que día y noche te dirijo por
tus siervos, los israelitas, confesando los pecados que los israelitas
hemos cometido contra ti, tanto yo como la casa de mi padre. Nos hemos
portado muy mal contigo, no hemos observado los preceptos, mandatos
y decretos que ordenaste a tu siervo Moisés.
Pero acuérdate de lo que dijiste a tu siervo Moisés:
“Si sois infieles, os dispersaré entre los pueblos;
pero, si volvéis a mí y ponéis en práctica
mis preceptos, aunque vuestros desterrados se encuentren en los confines
del mundo, allá iré a reunirlos y los llevaré al
lugar que elegí para morada de mi nombre.” Son tus siervos
y tu pueblo, los que rescataste con tu gran poder y fuerte mano.
Señor, mantén tus oídos atentos a la oración
de tu siervo y a la oración de tus siervos que están
deseosos de respetarte. Haz que tu siervo acierte y logre conmover
a ese hombre.»
Yo era copero del rey. Era el mes de Nisán del año
veinte del rey Artajerjes. Tenía el vino delante, y yo tomé
la copa y se la serví. En su presencia no debía tener
cara triste. El rey me preguntó:
«¿Qué te pasa que tienes mala cara? Tú no
estás enfermo, sino triste.»
Me llevé un susto, pero contesté al rey:
«Viva su majestad eternamente. ¿Cómo no he de estar
triste cuando la ciudad donde se hallan enterrados mis padres está
en ruinas y sus puertas consumidas por el fuego?»
El rey me dijo:
«¿Qué es lo que pretendes?»
Me encomendé al Dios del cielo, y respondí:
«Si a su majestad le parece bien, y si está satisfecho de
su siervo, déjeme ir a Judá a reconstruir la ciudad
donde están enterrados mis padres.»
El rey y la reina, que estaba sentada a su lado, me preguntaron:
«¿Cuánto durará tu viaje y cuándo
volverás?»
Al rey la pareció bien la fecha que le indiqué y me
dejó ir. Pero añadí:
«Si a su majestad le parece bien, que me den cartas para los
gobernadores de Transeufratina, a fin de que me faciliten el viaje
hasta Judá. Y una carta dirigida a Asaf, superintendente
de los bosques reales, para que me suministren tablones para las puertas
de la ciudadela del templo, para el muro de la ciudad y para la casa
donde me instalaré.»
Gracias a Dios, el rey me lo concedió todo.
RESPONSORIO Ne 1, 5. 6. 11
R. Señor, Dios del cielo, Dios grande y terrible, ten los oídos atentos * a la oración de tu siervo.
V. Señor, mantén tus oídos atentos.
R. A la oración de tu siervo.
SEGUNDA LECTURA
De las Homilías de san Gregorio de Nisa, obispo.
(Homilía 6 Sobre las bienaventuranzas: PG 44, 1266-1267)
LA ESPERANZA DE VER A DIOS
La promesa de Dios es ciertamente tan grande que supera toda felicidad imaginable. ¿Quién, en efecto, podrá desear un bien superior, si en la visión de Dios lo tiene todo? Porque, según el modo de hablar
de la Escritura, ver significa lo mismo que poseer; y así, en aquello que leemos: Que veas la prosperidad de Jerusalén, la palabra «ver» equivale a tener. Y en aquello otro: Que sea arrojado el impío, para que
no vea la grandeza del Señor, por «no ver» se entiende no tener parte en esta grandeza.
Por lo tanto, el que ve a Dios alcanza por esta visión todos los bienes posibles: la vida sin fin, la incorruptibilidad
eterna, la felicidad imperecedera, el reino sin fin, la alegría ininterrumpida, la verdadera luz, el sonido espiritual y dulce, la gloria inaccesible, el júbilo perpetuo y, en resumen, todo bien.
Tal y tan grande es, en
efecto, la felicidad prometida que nosotros esperamos; pero, como antes hemos demostrado, la condición para ver a Dios es un corazón puro, y, ante esta consideración, de nuevo mi mente se siente arrebatada y turbada por
una especie de vértigo, por la duda de si esta pureza de corazón es de aquellas cosas imposibles y que superan y exceden nuestra naturaleza. Pues si esta pureza de corazón es el medio para ver a Dios, y si Moisés y
Pablo no lo vieron, porque, como afirman, Dios no puede ser visto por ellos ni por cualquier otro, esta condición que nos propone ahora la Palabra para alcanzar la felicidad nos parece una cosa irrealizable. ¿De qué nos
sirve conocer el modo de ver a Dios, si nuestras fuerzas no alcanzan a ello? Es lo mismo que si uno afirmara que en el cielo se vive feliz, porque allí es posible ver lo que no se puede ver en este mundo. Porque, si se nos mostrase
alguna manera de llegar al cielo, sería útil haber aprendido que la felicidad está en el cielo. Pero, si nos es imposible subir allí, ¿de qué nos sirve conocer la felicidad del cielo sino solamente
para estar angustiados y tristes, sabiendo de qué bienes estamos privados y la imposibilidad de alcanzarlos? ¿Es que Dios nos invita a una felicidad que excede nuestra naturaleza y nos manda algo que, por su magnitud, supera las
fuerzas humanas?
No es así. Porque Dios no creó a los volátiles sin alas, ni mandó vivir bajo el agua a los animales dotados para la vida en tierra firme. Por tanto, si en todas las cosas existe una ley
acomodada a su naturaleza, y Dios no obliga a nada que esté por encima de la propia naturaleza, de ello deducimos, por lógica conveniencia, que no hay que desesperar de alcanzar la felicidad que se nos propone, y que Juan y Pablo
y Moisés, y otros como ellos, no se vieron privados de esta sublime felicidad, resultante de la visión de Dios; pues, ciertamente, no se vieron privados de esta felicidad ni aquel que dijo: Ahora me aguarda la corona merecida,
que el Señor, justo juez, me otorgará, ni aquel que se reclinó sobre el pecho de Jesús, ni aquel que oyó de boca de Dios: Te he conocido más que a todos. Por tanto, si es indudable que aquellos que
predicaron que la contemplación de Dios está por encima de nuestras fuerzas son ahora felices, y si la felicidad consiste en la visión de Dios, y si para ver a Dios es necesaria la pureza de corazón, es evidente que
esta pureza de corazón, que nos hace posible la felicidad, no es algo inalcanzable. Los que aseguran, pues, tratando de basarse en las palabras de Pablo, que la visión de Dios está por encima de nuestras posibilidades se
engañan y están en contradicción con las palabras del Señor, el cual nos promete que, por la pureza de corazón, podemos alcanzar la visión divina.
RESPONSORIO Sal 62, 2; 16, 15
R. Mi alma está sedienta de ti, Dios mío; * mi carne tiene ansia de ti.
V. Yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante.
R.
Mi carne tiene ansia de ti.
ORACIÓN.
OREMOS,
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que
vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén
CONCLUSIÓN
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.