No pienses en la vida entera. No pienses en mañana. Solo en los próximos cinco minutos. Hacé estas cosas, en este orden:
El sufrimiento miente. Cuando un alma está en este lugar, escucha cosas que no son verdad:
"Nadie me va a extrañar." "Sería mejor para todos." "No hay salida." "Esto no se arregla más."
Todo eso es mentira. No te lo dice tu razón — te lo dice tu dolor. Y el dolor pasa. Aunque ahora no lo puedas creer.
La verdad es esta:
Si pensás que tu oscuridad es signo de que Dios te abandonó — no lo es. Los grandes santos vivieron exactamente eso. Algunos durante años. Y siguieron. Y llegaron.
La Iglesia te dice claramente: buscá ayuda. La de Dios y la humana. No son enemigas — son complementarias.
Andá a un psiquiatra o psicólogo. La medicación no es enemiga de la fe. La depresión es una enfermedad del cuerpo y del alma. Dios usa la medicina. No te la negués.
Andá a un sacerdote. Tocá el timbre de la parroquia más cercana. Decile al sacerdote: "Padre, necesito hablar". Te va a recibir. Los curas están entrenados para esto. Hablale con todo.
Hablá con alguien que te quiera. Aunque pienses que "no entiende", aunque te dé vergüenza. El secreto es lo que más mata. La luz disuelve la oscuridad.
No tenés que pensar esto ahora. Pero te lo dejo para cuando puedas. La crisis pasa. Y cuando pase, va a venir el momento de empezar a construir de nuevo, despacio. Acá hay caminos posibles: