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San Gregorio Barbarigo

Obispo · Cardenal · Reformador postridentino · "el San Carlos Borromeo del Véneto"
San Gregorio Barbarigo
🕯 Nacimiento 16 de septiembre de 1625, Venecia (Italia)
† Muerte 18 de junio de 1697, Padua (Italia)
📍 Origen Venecia · Bérgamo · Padua (Italia)
👑 Canonización Beatificado en 1761 por el Papa Clemente XIII y canonizado el 26 de mayo de 1960 por el Papa San Juan XXIII
📅 Festividad 18 de junio
✦ Sobre esta celebración
San Gregorio nació en Venecia -Italia en el año 1625. Perteneció a una familia rica e influyente.Al morir su madre, cuando él tenía la edad de dos años, su padre se prometió darle la mejor educación. Lo educó en las ciencias y en el arte de la guerra, pero a él le interesaba más todo lo que tuviera relación con Dios y la salvación de las almas. Al cumplir los veinte años fue escogido por el gobierno veneciano como acompañante del embajador Luigi Contarini, al famoso Congreso de Munster, donde los representantes de Alemania, Francia y Suecia, firmaron el tratado de Westfalia, el 24 de octubre de 1648, y así pusieron fin a la guerra de Treinta Años. Llegando a Roma la peste del tifo negro, conociendo la gran caridad de San Gregorio, el Santo Padre lo nombra presidente de la comisión encargada para atender a los enfermos. En 1657, el Papa Alejandro VII, le ofrece nombrarlo obispo de Bérgamo, San Gregorio le pide que le deje celebrar primero una misa para conocer los planes de Dios. En esta, oye un mensaje celestial que le aconseja aceptar el nombramiento.En 1660 se le consagró cardenal; cuatro años más tarde, fue transferido al obispado de Padua. Era benigno y misericordioso, su piedad se mostraba sobre todo a los que sufrían o estaban en desgracia. Con el propósito de fomentar la cultura, fundó un colegio y un seminario que tuvieron gran renombre. A las dos instituciones las dotó con imprenta propia y una biblioteca bien surtida, particularmente con los escritos de los Padres de la Iglesia y los estudios sobre las Sagradas Escrituras. El siempre repetía: "para el cuerpo basta poco alimento y ordinario, pero para el alma son necesarias muchas lecturas y que sean bien espirituales". San Gregorio Barbarigo murió el 18 de junio de 1697 y fue beatificado en 1761 por el Papa Clemente XIII y canonizado por S.S. Juan XXIII el 26 de mayo de 1960. Otros Santos que se celebran hoy: Antidio, Imerio, Gundulfo, obispos; Basilio, Inocencio, Félix, Peregrino, Hermias, Sabel, Ismael, Nicandro, Marciano, Montano, Valeriana, mártires; Isauro, diácono; Avito, abad; Hipacio, Rainiero, confesores; Julián, monje; Besarión, anacoreta; Alena (Elena), santa. HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN XXIII CON LA OCASIÓN DE LA CANONIZACIÓN DEL BEATO GREGORIO BARBARIGO Venerables hermanos y queridos hijos: El rito solemne que estamos celebrando cuadra el ornato de algunas palabras apropiadas al extraordinario acontecimiento. Os las dirigimos con la acostumbrada sencillez de acentos que esperamos no os resulte desagradable. Estas palabras quieren ser un toque de buena, alentadora y edificante doctrina. Ante todo, sobre el misterio de la Ascensión, del que San Lucas nos ofrece en su libro "Actus apostolorum" los trazos vivos y sublimes; en segundo lugar sobre las falanges de los santos que ascendieron con Cristo a través de los siglos y están asociados con él en la participación de la gloria celestial; tercero, sobre la festividad de hoy particularmente alegre junto al trono de Dios al festejar la introducción de San Gregorio Barbarigo en las más altas esferas de la gloria con que la Iglesia quiere circundar después de esta vida a sus hijos insignes para ejemplo y protección del pueblo cristiano. I. EL GRAN MISTERIO DE LA ASCENSIÓN Contemplemos, pues, ante todo, el gran misterio de la Ascensión de Nuestro Señor. Es bello, es delicioso para nuestro espíritu que la más solemne celebración de este misterio pertenezca, por especial privilegio, a esta Basílica Constantiniana, Catedral de Roma. Su Pontífice entre los más insignes, San Gregorio, la llamaba la Basílica de Oro, Áurea Basílica, dedicada al Santísimo Salvador y ya desde tiempos antiguos fue proclamada «madre y cabeza de todas las iglesias de Roma y del mundo —urbis et orbis omnium ecclesiarum mater et caput». Sí, el rito se adecua al templo. Y el templo lateranense flamea con la gloria y el triunfo final de Jesús: via, veritas et vita: mundi Salvator in aeternum. De la historia de la obra redentora de Jesús, la Resurrección es ciertamente el acontecimiento más sagrado; la festividad más alta y gloriosa es la Pascua. Pero es muy natural que, sellada la victoria de la vida sobre la muerte, cumplida la redención, el Verbo Divino, hecho Hombre, tornase triunfante al Padre para mostrarle en su cuerpo glorificado las señales de su triunfo y para dar comienzo a la nueva historia de las relaciones pacíficas nuevas entre cielo y tierra con el perdón de Dios después de la expiación de la cruz y de la sangre. La antífona que se nos presenta en la salmodia de hoy está inspirada por el profeta David: A summo caelo egressio eius, et occursus eius usque ad summum eius. Desde la cima divina del cielo Él descendió sobre el mundo para redimirlo y para salvarlo; consumada la obra de misericordia y de piedad, Jesús asciende de nuevo al seno del Padre de donde había salido (Sal 18,7). ¡Qué gran misterio es éste! La victoriosa reconquista de todo el género humano para la dominación directa de quien lo había creado; reconquista esplendorosa de luz evangélica y de sangre divina derramada para nueva, íntima, reconstrucción de toda alma creyente y de un nuevo orden social en la sucesión de los pueblos y de los siglos eternos; prodigio de poder, prodigio de gloria para Jesús Salvador, rey glorioso e inmortal de los siglos y de los pueblos. Desde su primera aparición en el seno virginal de María y después entre los vagidos y sonrisas de Belén, desde los silencios y su escondida vida humilde y laboriosa durante treinta años, desde el anuncio del Evangelium Regni a través de la Galilea y la Judea, y, por último, desde el trágico epílogo de la Pasión hasta los esplendores victoriosos de la Resurrección, hasta esta admirable Ascensión que enciende en luz sobrenatural a nuestros ojos y penetra de gracia y exultación los corazones, ¡qué estupenda e inefable sucesión, queridos hermanos e hijos, de acontecimientos! ¡Oh, qué inesperada variación de aspectos fulgurantes que reflejan la íntima comunicación de lo divino con lo humano, del cielo con la tierra! Un instante más, una mirada más a este cuadro sublime. Al llegar de Jesús al cielo cumple sus promesas. He aquí al Espíritu Santo en las lenguas de fuego posadas sobre las cabezas de los reunidos en el Cenáculo en trance de operar en los pechos aquella fecundación de gracia de la que brota la Santa Iglesia en su distinta fisonomía de sociedad sobrenatural y jerárquica, introduciéndola en su historia de reino de Dios militante sobre la tierra para que se desenvuelva después en purgante más allá de la tumba y, finalmente, triunfante en el cielo. II. LA GLORIA DE LOS SANTOS EN LA ASCENSIÓN Queridos hermanos e hijos: La luz de la Ascensión se irradia desde este vértice en un segundo aspecto de divina providencia en beneficio de la humanidad regenerada; un nuevo encanto, un prodigio inefable de gracia y de gloria. Con Jesús que asciende a la diestra del Padre se abren las vías del cielo para los hijos del hombre ganado ya para su primitivo destino de criatura espiritual nacida para los eternos bienes. Ya San Mateo, el primero de los evangelistas, había contado que al morir Jesús sobre el Gólgota, además de extinguirse el velo del templo en dos partes y removerse la tierra y las piedras, se abrieron también los sepulcros «et multa corpora sanctorum qui dormierant surrexerunt, et exeuntes de monumentis post resurrectionem eius venerunt in sanctam civitatem et apparuerunt multis»(Mt 27,52-53) ¿Cómo no descubrir en este inesperado prodigio el primer esbozo de la procesión que después de cuarenta días había de tener lugar desde el Olivete por la vía luminosa de los cielos y para acompañar precisamente al Redentor divino triunfante en el momento de tomar en su forma humana posesión del reino eterno que el Cordero sacrificado por los pecados del mundo se había asegurado por derecho sacro y glorioso? Entre los padres y doctores que diversamente interpretan este pasaje de San Mateo, el Aquinatense, en su Comentario, toma posición decididamente junto a los que sostienen que corpora sanctorum qui dormierant resurrexerunt —añade él—, tanquam intraturi cum Christo in coelum (Super Evang. S. Matth., Lectura, c. XVII, ed. IV, 1951, n. 2395, p. 367; I. Knabenbauer, S. J.,Comment. in Evang. S. Matth., Pars altera, Parisiis, 1893, pp. 538-539). Corresponde, pues, a los muertos del Antiguo Testamento, los más próximos a Jesús —nombremos dos de los más íntimos en su vida, Juan Bautista, el Precursor, y José de Nazaret, su padre putativo y custodio—, corresponde a ellos —así piadosamente lo podemos creer— el honor y el privilegio de abrir este admirable acompañamiento por los caminos del cielo; y procurar las primeras notas al interminable Te Deum de las generaciones humanas que ascienden siguiendo las huellas de Jesús redentor hacia la gloria prometida a los fieles por su gracia. Aun sin tocar aquí la grave cuestión acerca del número de los elegidos, es, sin embargo, bien cierto que con el nombre de Jesús sobre la frente y con su gracia en el corazón y en la vida, el cómputo de los buenos discípulos y de los amigos de Jesús durante veinte siglos supera todo posible cálculo y el cortejo que se inicia con la Ascensión debe consolar y alentar a toda alma creyente y confiada en las promesas de Cristo. Para nosotros, humildes sacerdotes del Señor y cuantos valientes seglares nos siguen de cerca, familiarizados como estamos con los libros sagrados de los dos Testamentos, los horizontes del espíritu se abren fácilmente a confortadoras visiones acerca de los bienes asegurados al ejercicio de las virtudes cristianas en la vida y en la fidelidad de los preceptos del Señor. Sorprende felizmente comprobar cómo de los veintisiete libros del Nuevo Testamento, el último que cierra la serie sea el Apocalipsis de San Juan, que aparte de cierta dificultad sobre la inmediata interpretación de algunos pasajes particulares de incierta significación, el conjunto nos proporciona un panorama que nos hace descifrar los luminosos horizontes de la gloria de los elegidos para quienes las tres denominaciones de la Iglesia Santa de Jesús, militante, purgante, triunfante, se despliegan en una riqueza tal de energías espirituales que nos infunde una íntima y alentadora tranquilidad para realizarlo todo, para sufrirlo todo, con la mirada siempre fija en el rostro de Jesús, sereno, manso y alentador. Oíd cómo la voz del vidente de Patmos nos desvela los secretos de cuantos siguen fieles y constantes la ley del Señor. Ved en primer lugar la muchedumbre de los doce mil signados por cada una de las doce tribus de Israel. Esta muchedumbre numerosa se desparrama en la amplitud del horizonte de modo que nadie puede contarla con precisión, entre una multitud de todos los pueblos, de todas las lenguas, de todas las naciones. Contemplando este espectáculo surge espontánea la pregunta: ¿éstos, vestidos de trajes purpúreos, y éstos, ornados de blanca estola, y aquellos otros que tienen en las manos ramas de olivo, quiénes son y de dónde vienen y continúan llegando? !Ah! Estos son los santos familiares de nuestro espíritu, de nuestros ojos, de nuestra admiración. Los primeros y los más antiguos, pero también los modernos; son los Apóstoles del Evangelio, los mártires, los confesores, los vírgenes y las vírgenes, los misioneros, los Pontífices, los sacerdotes y religiosos de toda clase y de todas las tierras. Todos, todos están alegres ahora, pero todos ascienden de la tribulación que les ha purificado y continúan subiendo y se colocan después en torno al trono del Cordero, en torno a Jesús que ascendió primero y que hoy habita con ellos y es su vida, fuente inagotada e inexhaustible de la felicidad de los siglos eternos (Ap 7,17). Oh, queridísimos hermanos e hijos. Este espectáculo que nos llena de alegría los ojos y el corazón es siempre la solemnidad de la Ascensión del Señor, que se prolonga y se duplica y celebra como su complemento en la fiesta de Todos los Santos. San Lucas inició la primera página del poema de nuestra vida espiritual. El vidente de Patmos canta su epílogo. Las últimas palabras están allí: "Ven Domine, Iesu" (Ap 22,20). III. TAMBIÉN SAN GREGORIO BARBARIGO ENTRE LOS SANTOS DE LA ASCENSIÓN Obispo y Cardenal, confesor y Pontífice, por la proclamación de hoy, adquiere en el culto de la piedad litúrgica y popular el puesto de honor y de intercesión que la costumbre eclesiástica de siglos reconoce a los más distinguidos. El está preparado —como lo estuvo también hasta aquí— para difundir sobre la Iglesia universal, ahora más que nunca, un rayo esplendoroso de aquella 1uz divina de santidad pastoral que salva a los pueblos y amplía los triunfos del reino del Señor. En verdad la Providencia dispuso que transcurriera mucho tiempo entre su muerte en Padua, en junio de 1697 y su presente exaltación aureolada en este 26 de mayo de 1960 por el acto de la canonización. Pero mirando más a fondo nos es fácil descubrir incluso en este retraso un designio de bondad celestial, que todo lo dispone para advertencia y ejemplo saludable de la presente generación. Los progresos de la ciencia moderna, el descubrimiento de insospechadas alegrías puestas al servicio de la vida presente, vienen produciendo cierto encantamiento sobre la fácil medición del espíritu con las asperezas indefectibles, que la voluntad, decidida a hacer honor a las propias responsabilidades individuales y colectivas debe saber superar o sufrir. Cuanto concierne al ejercicio de las virtudes cristianas en la vida ordinaria de aquí abajo, se juzga más o menos importante con miras a nuestra salud eterna y santificación, o de fácil compromiso con el espíritu del mundo. Y esto produce una sensible adaptación a las llamadas exigencias del pensamiento moderno, un dejar ir y un dejar correr los gustos y las modas del siglo con aquel desgraciado estribillo: hoy se hace así; esta es la moda que priva hoy; una superación de los tiempos vividos que, por lo demás, es flaqueza si es que no es negación de la doctrina sustancial revelada que fue gloria de nuestros padres transmitida a nosotros. Pues bien, este nuestro San Gregorio Barbarigo fue un Prelado modelo en el sentido más justo y amplio del término. Obispo de Bérgamo y a medio siglo de distancia de San Carlos Borromeo, fue un imitador suyo admirable en la aplicación de la legislación postridentina para el gobierno de la diócesis. Trasladado a Padua y allí pastor infatigable de aquella grey, durante treinta años hizo florecer en ella tal riqueza de instituciones eclesiásticas, de cultura, de asistencia, de apostolado, que hizo veneradísima su persona e inmortal su nombre, incluso para los siglos que siguieron a su laborioso paso. Prelado de alta cultura científica, de física y de matemáticas, de literatura latina, italiana y de las diversas lenguas de Europa y de Oriente; vigilante de todas las formas más penetrativas del celo pastoral, fue realmente un gran personaje de sus tiempos. Pero bajo el velo precioso de su modernidad él cultivó ante todo un espíritu exquisitísimo de santidad auténtica, purísima, que le permitió conservar la inocencia bautismal y crecer año tras año en el ejercicio de las virtudes sacerdotales más altas y edificantes. Eran estas virtudes: una fe que lo puso en guardia contra las sutilezas del quietismo y del galicanismo, una confianza en Dios que le hacía familiar la elevación continuada de su espíritu hacia Jesús, mediante jaculatorias continuas como dardos de amor, una fortaleza impertérrita en circunstancias angustiosas que le hicieron decir con el puño cerrado sobre el pecho: «color de púrpura, color de sangre; y que esto os diga que por la justicia y por el buen derecho de Dios yo estoy dispuesto a sacrificar mi vida». Una caridad inflamada de padre y de pastor desarrollada en las formas más abundantes y variadas de la entrega de un gran corazón de hombre insigne y de sacerdote venerable. La caridad es la esencia de la santidad y de la caridad de San Gregorio Barbarigo os queremos dar, queridos hermanos e hijos, todavía un nuevo testimonio esta tarde junto a la tumba de San Pedro. Volviendo ahora sobre el objeto de estas nuestras sencillas palabras y alegrándonos una vez más del misterioso y místico acontecimiento a que ellas ponen un sello que se agrega a otros manuscritos u oficiales estos días, es nuevo y legítimo motivo de complacencia ver aplicado a San Gregorio Barbarigo cuanto según la doctrina fijada por el Papa Benedicto XIV, su obra De servorum Dei beatificatione, libro IV, c.41, núm. 1, se refiere a rendir honor a los santos de Dios proclamados tales bajo este nombre y en virtud de canonización equipolente: per quam Summus Pontifex, aliquem Dei Servum in antiqua cultus possessione existentem et de cuius heroicis virtutibus aut martyrio, et miraculis constans est, historicum fide dignorum, communis assentio, et continuata prodigiorum fama non deficit, iubet in universa Ecclesia coli per Officii et Missae recitationem et celebrationem, determinato aliquo die, etc. Nuestro santo entra así de lleno en la luz y aplicación de esta doctrina. Y Nos queremos felicitarnos devotamente con él viéndole elevado por la Santa Iglesia a su puesto: stantem ante thronum, et in conspectu Agni, amictum stola alba, et palma in manibus eius (Ap 7,9). Para más completa alegría queremos indicaros, queridísimos hermanos e hijos nuestros, la singular y bella corona de almas elegidas que según el testimonio del Papa Benedicto XIV tuvieron el honor y el título de la canonización equipolente como esta de hoy de San Gregorio Barbarigo. Hélos aquí, vedlos marchar delante de nosotros en magnífico cortejo; los santos insignes y veneradísimos siguientes: San Romualdo, San Norberto, San Bruno, San Pedro Nolasco, San Ramón Nonato, San Juan de Mata y Félix de Valois, Santa Margarita de Escocia, San Esteban de Hungría, San Wenceslao de Bohemia, San Gregorio VII, Santa Gertrudis de Einsleben. Otros santos fueron declarados desde el tiempo de Benedicto XIV en adelante. León XII inscribió en esta lista a San Pedro Damián; Pío IX a San Bonifacio, Apóstol de Alemania; León XIII hizo cuatro canonizaciones equipolentes, las cuatro interesantísimas: San Cirilo y San Metodio (1880), San Agustín de Cantorbery, San Juan Damasceno, San Beda Venerable; Pío XI agregó a San Alberto Magno el 16 de diciembre de 1931 y Pío XII a Santa Margarita de Hungría. Igualmente grata nos rodea, como en invitación de gracia y de gloria, la selecta falange de los alumnos de nuestros seminarios y colegios eclesiásticos de Roma, de Italia y de todas las naciones y lenguas de la tierra. El Pontificio Seminario Romano, depositario de la venerable tradición tridentina, está aquí, en su casa, junto a la Basílica lateranense como árbol vigoroso sobre la puerta del santuario que fue trasladado desde el centro de la ciudad en 1913 por el decidido gesto pontificio de San Pío X. Con viva complacencia queremos saludar junto a éste al instituto más antiguo en orden de tiempo y de medios al Colegio Capránica, que según su tradición antigua para la fiesta de la Ascensión acogió hoy al Papa a su entrada en Letrán. Está bien conservar o recordar antiguos usos que edifican la piedad de los fieles. El Colegio Capránica a lo largo de un siglo (1457-1565) recorrió como una pequeña estrella el despertarse de una aurora providencial encaminada a determinar una más sólida formación del clero secular cooperando al feliz apostolado que transforma las almas de las diócesis, de las naciones. Sobre este horizonte, es decir, en materia de seminarios, la gloria máxima es la de San Carlos Borromeo en Milán. Entrevistas ya sus normas por las preciosas consultas de Trento y de la Urbe; consultas en las que participó San Carlos en Roma pero cuya aplicación acometió resueltamente en su diócesis. Desde Roma y desde Milán la chispa se extendió por doquier suscitando fervores y llamas aquí y allá. Pero el más grande imitador de San Carlos fue San Gregorio Barbarigo en Padua, donde el Seminario, por orden suya, se convirtió en monumento que todavía después de tres siglos se conserva in aedificationem gentium. La gloria del Seminario de Padua es su máxima gloria; pero es también una invitación a la búsqueda más profunda del tesoro de preciosas energías y de excelsas virtudes a que abre paso la proclamación de su santidad. Durante su Episcopado, San Gregorio Barbarigo estudió y vio todo con proporciones de grandeza. A dos siglos de su beatificación en 1761, y a más de tres siglos de su vida laboriosa y gloriosa, aquellas proporciones en relación con las luchas y las victorias de la Santa Iglesia se han acrecentado; acrecentado en el sentido de una comprensión más viva de las grandes exigencias que el ejercicio de la vida del cristiano nos presenta hoy, no para el desánimo, sino para el aliento del espíritu. Entre los escritos inéditos de San Gregorio Barbarigo hay restos de sus discursos, pronunciados tanto en Bérgamo como en Padua, en la fiesta de la Ascensión. En su sencillez respiran elevadas miras y gran aliento para desprenderse de las vanidades de la tierra y para rectificar las grandes y las pequeñas intenciones de nuestra vida cotidiana. A ello debe movernos a todos el gran ejemplo que San Gregorio nos da en sus setenta y dos años de vida de perfección sacerdotal y episcopal y la purísima doctrina cristiana que él transmitió fielmente a sus hijos. Gran riqueza del cristiano el no contentarse solamente con el ejercicio de las virtudes morales sino dar a todas las acciones gracia de unión con Cristo y participación viva en su gracia. La virtud es tan bella —decía el santo— que invita a todos a seguirla y a encaminar las propias acciones hacia ella. Así actúan tantos hombres valientes y virtuosos; así actúan todavía muchos cristianos; unos sirviendo a la patria, otros ejerciendo la justicia, otros viviendo con temperancia. No se puede decir que vivan mal ni que sus acciones sean desaprobadas por Dios que reconoce como queridas hijas suyas a todas las virtudes. Aprobadas por tanto, pero no premiadas con la vida eterna. Digo no premiadas con la vida eterna porque se premian con cosas temporales, como sucedió a los antiguos romanos que fueron favorecidos por Dios para ser los dueños del mundo por las varias virtudes que tuvieron y ejercitaron. Sólo a la pureza de intención le está reservado el premio de la vida eterna y ésta consiste en una cosa tan razonable y justa como hacer todas nuestras acciones para dar gusto a Dios, para servir a Dios. Qué gran consuelo hay en las palabras de San Pablo: Sive manducatis, sive bibitis, sive aliud quid faciatis, omnia in gloriam Dei facite (1Co 10, 31). Estas mismas cosas decía San Gregorio a sus hijos, y otras más sencillas y significativas aún para su corrección y para su edificación. Y todo esto a propósito de la Ascensión de Nuestro Señor al Cielo y de nuestra ascensión con Él, en que se resumen las bellezas de nuestra vida de valientes cristianos para el presente y para el futuro. Llegado a este punto, el evangelista San Lucas termina con las palabras más resumidas y preciosas de su narración: «después los condujo fuera, junto a Betania, y levantando las manos los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y se elevó al cielo. Y ellos adorándole volvieron a Jerusalén con gran alegría y estaban continuamente en el templo para alabar y bendecir a Dios. Amén» (Lc 24,52). Queridos hermanos e hijos: Aquí nos detenemos para continuar la sagrada y solemne celebración. Sigamos en buena compañía con nuestro nuevo santo Gregorio Barbarigo, para que él una su plegaria a la nuestra. Que después de la misa nos siga él hasta el balcón exterior de la Basílica, donde, renovando la antigua costumbre de nuestros antecesores Pontífices, daremos en nombre de Jesús nuestra bendición Urbi et Orbi. Al atardecer os esperamos en la Basílica Vaticana gustando también nosotros la paz y el gozo de los Apóstoles cuando descendieron del Monte Olivete donde Jesús se había elevado al cielo con sus Santos DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII A LOS PEREGRINOS DE VENECIA, BÉRGAMO Y PADUA PRESENTES EN ROMA PARA LA CANONIZACIÓN DEL BEATO GREGORIO BARBARIGO. Venerables hermanos y amados hijos: Hemos pasado de la sacrosanta Basílica de San Juan a la majestuosa de San Pedro para renovar el exultante homenaje a nuestro nuevo Santo canonizado Gregorio Barbarigo. Letrán es la Catedral del Obispo de Roma y Nos la llevamos en los ojos y en el corazón como a la primera iglesia del mundo, incluso por encima de la inspiración que brota de las palabras esculpidas en su frontispicio: Mater et caput omnium ecclesiarum urbis et orbis (Madre y cabeza de todas las iglesias de la urbe y del orbe). Con este sentimiento de devoto homenaje a nuestra Catedral, a la que van unidas tantos títulos de reverente estima, hemos querido imponer en ella, así como en presencia de todas las iglesias de la Urbe y del orbe católico, la corona del honor supremo en las sienes del glorioso Obispo. De este modo, las circunstancias de la canonización de hoy en esta feliz coincidencia con la fiesta de la Ascensión, nos sugieren que compartamos el honor conferido al nuevo Santo comenzando en Letrán y terminando en el Vaticano. San Pedro es, en realidad, el mayor templo del pueblo cristiano: Petrus omnium Pater (Pedro, Padre de todos). Y aquí es donde, junto con las basílicas romanas, se afirma ese sentimiento que da majestad a la Iglesia católica tanto en las solemnes manifestaciones litúrgicas como en los encuentros sencillos y familiares, aunque tan elocuentes. Por otra parte, nos inclinamos a pensar que las emociones más intensas de nuestra juventud en el acto de ofrendarla al Señor preparándonos para el Sacerdocio nos recuerdan siempre a San Juan de Letrán bajo cuyas imponentes bóvedas nos postramos en la ordenación de subdiácono y de diácono. Ante el altar de Dios, dispuestos al paso trascendental por la palabra y el ejemplo de insignes y muy piadosos maestros de espíritu, contemplamos en los remotos años de aquel fecundo período de formación del Seminario las figuras de los pastores de almas que en todos los tiempos y lugares engrandecieran la figura del buen Pastor, del eclesiástico perfecto en obras y palabras(cf. Jn 10, 11; Lc 24, 19). Debemos decir que el respeto, el amor y la devoción al nuevo Santo nos los inculcaron sobre todo en el Seminario de Bérgamo y después —con gran alegría de nuestro corazón— tuvimos confirmación de ello en el Seminario Romano. Por eso Nos complacemos en subrayar aquí que sus disposiciones se encaminaron únicamente en todo tiempo a formar sacerdotes integérrimos, dispuestos a todo, al trabajo del ministerio, al servicio directo de la Santa Sede, pero sobre todo a la oración constante, a la caridad generosa. Venerables hermanos y queridos hijos: De estos recuerdos de nuestra juventud, que guardamos intactos en el corazón con toda su fragancia y suavidad —y que os contamos como lo hace un padre a una corona de hijos devotos y atentos— podéis imaginar algo la profunda emoción de nuestro ánimo por haber podido en aquella basílica ceñir la aureola de los Santos al patricio veneciano, que hizo de la nobleza de su linaje y de la educación un instrumento de mayor alabanza a Dios y del más ejemplar servicio a la Iglesia y a las almas; podéis comprender nuestro consuelo por haber glorificado con la corona definitiva de la glorificación inmortal a aquel que durante seis años fue celosísimo Pastor de nuestro querido Bérgamo y durante treinta y tres años de la ilustre Diócesis de Padua, tan querida de Nos también. Hoy, al hacer más esplendoroso el homenaje al nuevo Santo, ved aquí presente con el Cardenal Patriarca de Venecia y los dignísimos Prelados de Padua y Bérgamo, al Cardenal Arzobispo de Milán, sucesor de San Carlos, que fue el modelo de Gregorio Barbarigo. Proponemos a San Carlos Borromeo y a San Gregorio Barbarigo para edificación y alegría de los obispos y sacerdotes del mundo entero. La fisonomía de. San Gregorio Barbarigo, insigne entre los grandes pastores de almas, obispos y cardenales de la Santa Iglesia Romana, revela hoy, además, un rasgo peculiar. Al buscar coincidencias que unen a los héroes de la santidad, que han alcanzado la cumbre de la glorificación por los caminos señalados en el decurso de los siglos antes de Urbano VIII y después, hallamos —y lo tuvimos presente esta mañana— en San Vicente de Paúl al gran apóstol de la caridad. Pues, es característico el hecho de que en el mismo año en que murió San Vicente —también él canonizado en Letrán— Gregorio Barbarigo, Obispo de Bérgamo, fue nombrado Cardenal. Han pasado exactamente tres siglos y así las dos figuras se unen en el fulgor de las fiestas vicentinas que todavía llenan de emoción el ánimo de todos. Pero, sobre todo, San Vicente de Paúl y San Gregorio Barbarigo están unidos por la elocuente invitación a la caridad que, aún en diversas formas, irradia heroicamente de sus vidas. Por tanto, caridad purísima, siempre como manifestación del profundo mensaje del amor de Dios al hombre, en el cual se muestra lo específico de la religión cristiana. Pues bien, cuatro manifestaciones características de la caridad definen maravillosamente la figura del nuevo Santo y son las que queremos explicar ahora como epílogo de las fiestas de hoy para gozo común y edificación espiritual: 1. La solicitud por los pobres. 2. El catecismo al pueblo. 3. El Seminario y el clero. 4. La cultura católica buena. I. LA CARIDAD CON LOS POBRES Gregorio Barbarigo, joven Prelado de treinta años, no se dejó ofuscar por la brillante fascinación de la corte y por las divagaciones, aún elevadas, de la cultura profana. Le bastó la indicación del Papa y de buena gana se entregó al cuidado de los transtiberinos en un momento de trágica devastación cuando se desencadenó la peste en 1656. Lo que nos cuentan los biógrafos de su ministerio en el Trastévere, organizando centros sanitarios, parece reavivar las hazañas de un San Juan de Dios. Pero lo que le hizo familiar y venerado entre los humildes del pueblo romano no fue sólo la solicitud manifestada en la dirección de las formas de asistencia caritativa, que se esmeraba en los detalles, sino el contacto directo que llevó a cabo con cada una de las familias, con los enfermos, con los pobres, yendo de casa en casa como el ángel bienhechor de consuelo y paz. A aquella primera prueba siguieron los siete años de gobierno episcopal en Bérgamo, años tan fecundos en enseñanzas, obras e iniciativas memorables y santas. Más tarde, siendo obispo de Padua, la estima que le tenía Inocencio XI, le impidió durante cuatro años ocuparse del gobierno directo de la diócesis de Padua, reteniéndole en Roma. Sigue siendo, por tanto, característica suya, en Bérgamo y Padua, en las visitas pastorales y en cualquier otro encuentro con su pueblo la constante efusión de caridad que, olvidada de sí, irradia allí donde hay un dolor. La preocupación por los pobres se refleja en sus cartas y discursos; se ve cómo se hace tangible en su conducta diaria, en el trato, en sus predilecciones; prueba de ella es el séquito de humildes que le sigue, con frecuencia, bendiciendo su munificente generosidad, evangélicamente enemiga de ostentación. Esta caridad es llama encendida en el candor de su alma inocente; se explica no por un tardío sentimiento de responsabilidad, sino que brotó espontánea desde su incontaminada juventud. Así, del joven aristócrata Barbarigo y de su coetáneo Pedro Duodo, dedicados al servicio diplomático de la República de Venecia, el caballero Contarini en el informe del Congreso de Münster, dirigido al Senado veneciano; pudo escribir lo siguiente: «Han vivido conmigo durante un período de cinco años los señores Gregorio Barbarigo y Pedro Duodo..., ambos de tan altas condiciones que puedo darles el título de ángeles más que de hombres, porque en las virtudes y costumbres han traspasado los límites propios de la edad» (Uccelli, pág. 6). Aquí, una vez más, brilla el ejemplo de la más sublime caridad, alimentada con la oración intensa, con la pureza de costumbres, por la rectitud en el servicio cívico y religioso, en una palabra, por el buen testimonio de la conciencia. En la época a que se refiere el testimonio de Alvise Contarini, Barbarigo tenía la edad de dieciocho o veintitrés años, por consiguiente el espléndido florecimiento de caridad de los años del ministerio episcopal encuentra en esto su conmovedora explicación. La caridad por los hermanos se desarrolla plenamente cuando halla un corazón libre de todo afecto mundano, de toda ambición, de cálculos y segundas intenciones. Este fue el corazón de Gregorio desde las radiantes promesas de la adolescencia. III. EL CATECISMO AL PUEBLO Pero hay una caridad que no se satisface con entregarse a las necesidades corporales de los dirigentes, sino que de ellas se eleva a la visión y solicitud por la miseria espiritual. No sin motivo la primera de las catorce obras de misericordia se presenta como respuesta al precepto divino de evangelizare pauperibus (Lc 4, 18): «enseñar a los ignorantes». Son motivos constantes de angustia para la santa Iglesia la relajación de costumbres, en todas las clases sociales; las vacilaciones doctrinales de eclesiásticos y seglares exigen en todo tiempo la correlación de los dos deberes: transmitir íntegra la doctrina y vivirla fielmente en la vida individual de cada uno e en las relaciones de orden social. En una época de florecimiento general de la disciplina eclesiástica en la que los Decretos del Concilio de Trento y los atrayentes ejemplos de un San Carlos Borromeo comenzaban a dar frutos eficaces, aunque, por otra parte, podían ser más intensos los gérmenes de sufrimientos y más radicales los obstáculos de hábitos seculares, éste fue el doble programa de Barbarigo. Su catecismo fue el de San Roberto Belarmino y su afán por darlo a conocer y enseñar respondía a las leyes sapientísimas del Concilio Tridentino. Pero la organización de la Escuela de doctrina cristiana para adultos y niños en sus múltiples aplicaciones, impuestas por el deseo de llegar a todos, la organización, repetimos, fue personal, de acuerdo con su intuición de estudioso y su celo metódico de pastor. ¡Ah, qué conmovedores ejemplos de buscar las almas para partirles el pan de la doctrina! ¡A qué saludable examen de conciencia invitan al corazón de todo sacerdote de hoy! Desde las caminatas de San Gregorio por el Lungotévere en las horas más calurosas para ir al catecismo de los pequeños en Santo Tomás de Parione hasta el cuidado maternal por atender los pequeñines de Padua, para quienes no tenía a menos preparar bancos y sillas. Aún hoy en Bérgamo y Padua, que fueron el campo de su apostolado, el surco abierto por él produce copiosos frutos y, por lo general, los esfuerzos de aquella época bendita han logrado muy consoladores resultados. El catecismo fue, pues, una exquisita forma de caridad con el pueblo. Nombrado obispo a los treinta y dos años, Gregorio procuró imitar la figura más cercana y familiar a su época para repetir la hazaña sin que faltase la fácil insinuación de alguna lengua mordaz, que siempre hay, que repetía que Barbarigo afectaba la austeridad de San Carlos. En realidad, tuvo su espíritu y emuló sus ejemplos, especialmente con sus providentes cartas pastorales, en su mayoría consagradas a los problemas pastorales; con la celebración de Sínodos y con la fundación de las Escuelas y Congregaciones «de la doctrina cristiana». Mas, a pesar de los puntos de contacto, Gregorio apareció en su tiempo y a los ojos de los estudiosos posteriores como absolutamente singular, hasta el punto de que se debe proponer ahora a la consideración de los obispos del mundo católico, en los que despertará admiración y deseo de emulación el ejemplo de caridad y de previsión que caracterizó sus cuarenta años de episcopado. Tal ejemplo pervive con resplandor de atracción irresistible y puede dar el secreto de una penetración cada vez más eficaz del pensamiento cristiana en la sociedad actual mediante la enseñanza constante y paciente de la doctrina cristiana al pueblo, y de modo especial a los pequeños y jóvenes, esperanza del mañana. III. CLERO Y SEMINARIOS Queridos hijos: San Gregorio Barbarigo con su esclarecida, diligente y esmeradísima obra de formación espiritual e intelectual del Clero nos enseña también a practicar la caridad, sobre todo, con la Iglesia. Pues la primera y más urgente caridad, cuyo objeto quiere ser la Iglesia por parte de aquellas familias y parroquias, es buscar muchas y seguras vocaciones al estado eclesiástico. Barbarigo tuvo una intuición clarísima de las necesidades inmediatas del pueblo de Dios y supo emplear todos los medios de su piedad tan exquisita y de su distinguida cultura para darles respuesta eficaz y saludable. Y ésta fue la preparación del Clero. Para conducir a la grey a los pastos saludables se necesita el pastor de almas; debe provenir de su pueblo, conocer sus necesidades, costumbres, exigencias espirituales para remediarlas con su más solícita caridad. Aquí tocamos el fondo del problema urgente y grave en todo tiempo, que Barbarigo trazó con palabras inolvidables: «Y que este credo, hijos míos, sea una de las señales más grandes de nuestra vocación: nunca cansarse, nunca decir basta, pensar constantemente en promover la gloria de Dios. ¿Somos así?" (A. Uccelli, Scritti inediti, Parma, 1877, pág. 46.) En este interrogante del Santo se detiene la afanosa solicitud de todo pastor de almas. Pero a tan sublime obra debe responder la formación interior de la mente y del corazón buscando un perfecto equilibrio personal. Por tanto, los candidatos al sacerdocio necesitan salud física, intelectual y moral, juicio y trabajo equilibrados, capacidad para soportarlo todo, intensa piedad, doctrina humanista y sagrada bien armonizadas, de manera que la primera prepare los vuelos de la segunda. La preparación completa de la vocación, concebida así, encuentra su marco natural en el Seminario, corazón de la Diócesis. El es el instituto de primera magnitud, más todavía, el más importante, porque en él se desarrollan las energías del apostolado futuro. Debe insertarse en la más sana tradición, que en toda diócesis tiene el patrimonio inestimable de santos pastores, de maestros clarividentes y celosos, además de adaptarse a las necesidades siempre nuevas para caminar con los tiempos. Todo esto lo comprendió Barbarigo y lo puso en práctica con increíble voluntad y admirable talento. Nadie podrá celebrar adecuadamente las glorias del Santo como las piedras de su seminario de Padua, que son un monumento más duradero: Te saxa loquuntur! (las piedras hablan de ti). El fue verdaderamente la obra maestra del Santo en la que derramó los tesoros de su alma de pastor; de ello y del espíritu, que allí quiso infundir, quedan como perenne testimonio las sabias normas de educación contenidas en los ejemplares Institutionum Epitome y Ratio Studiorum; con ellos intentó hacer de sus sacerdotes verdaderamente la sal de la tierra y la luz del mundo (Mt 5, 13), en los cuales las armonías de la humanitas romana y clásica formasen la sólida base para la formación teológica y bíblica con la ayuda del conocimiento perfecto de las ciencias auxiliares. La esplendorosa figura del nuevo Santo adquiere reflejos más intensos cuando se piensa en esta característica suya que es y sigue siendo su gloria. IV. LA BUENA CULTURA CATÓLICA De la preocupación que demostró Barbarigo por la perfecta preparación eclesiástica de sus sacerdotes se benefició, en primer lugar, la gloriosa Universidad de Padua, y esto nos da a entender el lugar que él ocupó en la defensa y difusión de la verdadera cultura. También esto fue caridad, exquisita caridad que enriqueció a la Iglesia y a la Humanidad con los tesoros perennes del espíritu. Las biografías ponen de relieve este interesantísimo aspecto de su personalidad, pero no podremos seguirlas exactamente ni catalogar sus méritos. Bastará pensar en todo lo que hizo para dotar a la Biblioteca del Seminario de preciosas obras que mandaba buscar en Europa a personas de confianza y con liberalidad principesca, fundando una imprenta muy bien equipada —que causaría admiración en su tiempo—, dotándola de máquinas y de caracteres raros; fundando bibliotecas y, por último, colegios para jóvenes de buenas familias y del pueblo. Es justo recordar también el incremento que dio al estudio de las lenguas y de las ciencias matemáticas, de manera que desde entonces comenzó el magnífico florecimiento de eruditos y científicos que honraron las letras y la cultura italiana y europea de la época. Y esto no obedeció a deseo de gratitud humana o a frío ejercicio intelectual, sino que se insertaba en un descubrimiento vital de relaciones humanas para difundir la verdad en un continuo esfuerzo de genuino apostolado. Al introducir en su imprenta los más diversos y costosos caracteres orientales, como buen veneciano experto en los caminos del mar, pensó en establecer relaciones culturales entre los hombres de Europa y de Oriente, con la mirada atenta y vigilante al acercamiento y unión religiosa de aquellos pueblos separados de Roma. Este último rasgo de la figura acabada de Barbarigo nos hace comprender ahora plenamente su grandeza, en la que se refleja la profundidad de la palabra de Dios: Neminem emim diligit Deus, nisi eum qui cum sapientia inhabitat. Est enim haee speciosior sale et super omnem dispositionem stellarum, luci comparata invenitur prior... «Que Dios a nadie ama sino al que mora con la sabiduría. Es más hermosa que el sol, supera a todo el conjunto de las estrellas, y comparada con la luz queda vencedora» (Sb 7, 28, 29). Venerables hermanos y queridos hijos: La fiesta de la Ascensión de este año será memorable para vosotros y para Nos. Haber unido solemnemente en esta festividad las dos Basílicas de Letrán y del Vaticano que proclaman los nombres de los Apóstoles Pedro y Pablo y de las Juanes predilectos de Jesús; haber recordado, aunque sólo brevemente, las austeras y amables figuras de San Carlos Borromeo y San Vicente de Paúl y habernos detenido esta mañana durante breves instantes junto a la urna del tan querido San Felipe Neri, para invitarle también a presenciar la glorificación de un eclesiástico que, a imitación suya, amó y quiso con predilección a la ciudad de los Papas, es suficiente para regocijar nuestro espíritu y embellece para siempre las cartas decretales de la canonización de hoy. Ahora la mirada se dirige a vosotros, venerables hermanos y queridos hijos, y apenas podemos expresaros la íntima satisfacción del ánimo por este edificante espectáculo de fraternidad episcopal, sacerdotal, seminarística y popular que ofrecéis a la faz del mundo, ejemplo magnífico en torno a la figura del nuevo Santo. San Gregorio Barbarigo no viene de remotas épocas olvidadas, sino que después de tres siglos de su muerte todavía es familiar a las gentes del Véneto, y no sólo a ellas; es ejemplo y estímulo para todos como lo fue para los eclesiásticos y fieles de su tiempo. Tengamos valor. La Iglesia conoce su misión docente y rectora. Por encima de las heridas que la hacen sufrir y sangrar; por encima de la descarada murmuración de improvisados censores que desearían indicarle nuevos caminos, amenazándola tal vez con tales o cuales desgracias, alegando que no camina al ritmo de los tiempos y de los acontecimientos, la Iglesia continúa con paciencia y longanimidad el ejercicio de su divina misión. La presencia de todos los párrocos de Padua en la ceremonia de la Canonización de Gregorio Barbarigo es muy significativa a este propósito. Es la proclamación de los pastores de almas en contacto directo con el pueblo, que proclama en el nuevo Santo la figura del pastor sabio, prudente, que descubre los tiempos y métodos para el triunfo del Reino de Dios en las conciencias de los individuos, de las familias y de los pueblos. En todas las épocas la Iglesia se entrega a su misión, que es ayudar al hombre a ser consciente de su vocación terrena y eterna, a apreciar en su justo lugar jerárquico los dones de la Providencia, a emplear rectamente la libertad, a posponer los intereses y caprichos personales a la fidelidad a los principios y al servicio del prójimo. Queridos párrocos y sacerdotes: En todas las circunstancias de vuestra vida a menudo difícil, a veces espinosa, dirigid la mirada a las figuras austeras de los grandes obispos de la Iglesias de todos los siglos, de oriente y de occidente, de la cristiandad antigua y de la nuevas y florecientes diócesis que coronan el servicio misionero de los tiempos modernos. Con distintas facetas encontraréis en cada uno de ellos la misma linfa purísima que alimentó la solicitud pastoral de San Gregorio Barbarigo. La caridad con los pobres, la enseñanza de la doctrina, el cultivo de las vocaciones, el honor que rindió al resplandor de la cultura son suficientes para la gloria de un pastor; aseguran el éxito del apostolado en todos los tiempos y en todos los lugares. El espíritu se alegra al saber que están aquí congregadas y representadas las energías más bellas de Venecia, Bérgamo, Padua y de todas las Iglesias vénetas, en perfecta fraternidad con la Iglesia madre de Roma y con muchas otras diócesis, instituciones religiosas y civiles presentes aquí para alegrar y animar la gran fiesta. Padua sobre todo desea convertirse en la anunciadora feliz al mundo de la gloria actual del nuevo Santo. Que así sea, queridos Hermanos e hijos, para honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la Santa Iglesia, para el provecho espiritual de nuestras almas, de todas las almas, a las que bendecimos una vez más de todo corazón, no sin antes pronunciar una expresión de especialísimo afecto para los pequeños, los enfermos, los pobres y los hijos y hermanos extraviados, que son objeto de nuestro amor, y que desearíamos conducir de nuevo con nuestro apostolado y con la llama de nuestro ejemplo al amor de Jesús y a la dulce familiaridad con él.
✦ Sus palabras
Para el cuerpo basta poco alimento y ordinario, pero para el alma son necesarias muchas lecturas y que sean bien espirituales.
— San Gregorio Barbarigo
🕊 Para profundizar
Patronazgo · Intercesor de
Seminaristas y catequistas · diócesis de Padua y Bérgamo · cultura cristiana
✦ Celebrado en LSB
Jueves, 18 de junio de 2026
«Estáis rodeados de una nube tan grande de testigos. Despojémonos de todo lo que estorba y corramos con perseverancia la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús».
— Hebreos 12, 1-2
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